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ENTRAR EN JERUSALÉN ES “ENTRAR” EN LOS PLANES DE DIOS

Entra sobre una borrica y por una calzada alfombrada por los ramos de olivo que la gente echa a su paso. Jesús entra con los vivas del pueblo. “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Y toda la gente que contemplaba aquello se preguntaba: “¿quién es este?”.

Cristo no vivió como un gran señor, sino como un sierv0. No nació en una corte, sino en un pesebre. No vivió entre lujos, sino entre los pobres. No murió “en olor de santidad”, sino crucificado como un bandido. Y todo eso por amor obediente a los planes de Dios, a los proyectos de su Padre, a lo que Dios quería de él, no a lo que él quería que Dios le diera. ¿Qué es más importante: lo que Dios quiere de mí o lo que yo quiero que Dios me dé? Jesús descubrió que entrar en Jerusalén era “entrar” también en los planes de Dios, y así lo hizo.

La clave de toda la lectura de la Pasión está en la obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre, ese “entrar” en sus planes, confía y se entrega.  Y su Padre le demuestra el amor de Dios por todas las personas, por encima incluso de la traición de Judas, de la negación de Pedro, del juicio falso y arbitrario de los judíos, de la indiferencia de los romanos, de la violencia y la burla de todos, del sufrimiento y de la soledad del mismo Jesús en la cruz…

Nuestra respuesta a esa entrega generosa y por amor, es darle gracias con nuestra vida y nuestra entrega a los demás en la salud y en la enfermedad, en la suerte y en la desgracia, en lo bueno y en lo malo. ¡Gracias porque has dado tu vida por mi! ¡Aquí estoy para hacer tu voluntad!

¡VIVA EL HIJO DE DAVID!.. ¡QUÉ LO CRUCIFIQUEN!

En el inicio del Domingo de Ramos se encuentran los vítores y las aclamaciones, pero allá al fondo –sobre un montículo- Jesús divisa el horizonte donde, el próximo Viernes Santo, se alzará una cruz exponente del mucho amor que Dios nos tiene. Una cruz que, lejos de estar vacía, estará colmada por un cuerpo que, en esas horas, será olvidado, insultado, silenciado y traicionado.

Hoy, la alegría, hace que se sacudan palmas al viento. En la tarde de Viernes Santo, las voces enmudecerán por cobardía. La cruz se alzará en la más absoluta soledad (con la sola presencia de Juan y de María) y, como alabarderos, aun lado y otro, dos ladrones que –ante iguales ofertas- responderán de formas diferentes.

Hoy con esta manifestación pública de nuestro afecto a Jesucristo expresamos esa gran procesión que, como cristianos, estamos realizando a la Jerusalén celeste. ¿Servirán de algo nuestros ramos bendecidos? ¿Sonarán a sinceros nuestros cánticos jubilosos? ¡Por supuesto que sí! Frente al intento, por diversos estamentos, de coartar nuestra libertad religiosa; de planificarnos una sociedad sin más perspectiva que sus propias murallas….los cristianos sabemos que una ciudad nos aguarda al final de nuestra existencia, el Cielo: …”Qué alegría cuando me dijeron ¡Vamos a la casa del Señor! ¡Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén…!”.

¡QUÉ HORAS NOS AGUARDAN!

En el pórtico de la Semana Santa, con el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos: el gozo (al ver cómo Jesús es aclamado) y la tristeza (mañana todo será llanto). Pero la tristeza dará paso a la esperanza (‘Gaudium et Spes’ , como nos recuerda el Vaticano II). Y, por esa puerta, adentrándonos en Jerusalén acompañamos a Jesús que nos invita a vivir con El auténticas horas de pasión, entrega, amor, donación, sacrificio, muerte…y resurrección. ¿Seremos capaces de meternos de lleno en la solemnidad de la Pascua? ¿Somos conscientes de que, nuestro ser cristiano, arranca y nace de la Pascua del Señor?.

“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble  -en el cielo, en la tierra, en el abismo- y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre”( Filip. 2, 6-11).

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